La pensión que yo perdí

Esta es una historia verídica que un lector me envío sobre la serie de decisiones incorrectas que tomó en el pasado y que ahora le pesan cuando piensa en ahorro para el retiro.

“Si alguien me hubiera aconsejado cómo usar el dinero que ganaba a mi veinte años, hoy tendrías una casa propia”. Eso fue lo que le dije a mi esposa cuando se enteró de las malas decisiones financieras que tomé a partir de que comencé a ganar dinero.

Durante toda la “carrera” estudié y trabajé, no por necesidad sino por el gusto de ganar dinero, pero nunca pensaba para qué quería dinero y por lo mismo, gasté y gasté. Nunca me compré un bien duradero importante pero eso sí, a los 20 años ya tenía tarjeta de crédito y cuenta de cheques.

En los últimos semestres, ya “me urgía” terminar la universidad para ir a trabajar de tiempo completo, ya tenía mis clientes, me había independizado de un despacho contable y sentía que el mundo era muy chico para mi, viajé y disfruté mi juventud con el dinero que ganaba.

Cuando termino la universidad, mi principal cliente me invita a irme a trabajar a su empresa de tiempo completo, en la práctica ya le dedicaba el 90% de mi tiempo laboral, por lo que el punto a definir era el dinero que me iba a pagar. Reconozco que él es un excelente negociador hasta el día de hoy, y para mí, él era un exitoso modelo a seguir por lo que no me costó decidirme ir a trabajar a su empresa. Al llegar al punto de negociar mi sueldo, me propuso dos alternativas: la primera era estar bajo el régimen de salarios con las prestaciones de ley, las mínimas pero al fin prestaciones; la segunda opción fue que me pagaría bajo el régimen de honorarios la misma cantidad que a él le costaba pagarme el sueldo y las cuotas de seguridad social. Para él, el costo era el mismo, para mí, el ingreso no era el mismo. Era una decisión de: ganar poco dinero (es un decir, hasta ahora lo entiendo) y tener prestaciones médicas, una pensión a futuro y la aportación al INFONAVIT, las cuáles no me llamaban la atención porque no estaba en mi visión del momento. ¿Para qué quería el IMSS si casi nunca me enfermaba más allá de un resfriado? ¿Para qué ahorrar dinero para la vejez si ese momento estaba muy distante, casi como de una galaxia a otra? ¿INFONAVIT? Yo no quería un “departamentito” pues aspiraba a una mansión en una colonia exclusiva donde nadie con INFONAVIT compraba esas casas; por lo tanto, esa alternativa y esas prestaciones no me despertaban el más mínimo interés.

Por aquel año, se renovó la Ley del Seguro Social y un cambio importante era el régimen de las pensiones. Con la ley vigente en ese momento, sólo requerías algo más de 500 semanas cotizadas para que tuvieras derecho a pensionarte con un monto que se obtenía del salario promedio de los últimos cinco años laborados, y dicho esquema se mantenía para los que se afiliaran al IMSS antes del 1 de julio de 1997. Paralelamente aparecieron las Afores y mandaron a sus ejércitos de promotores por las empresas para afiliar a los trabajadores asegurados. Recuerdo muy bien que yo en la empresa era quien le daba a dichos promotores la oportunidad de entrar y que trataran de convencer a los trabajadores de afiliarse con esas afores. Cuando los promotores me preguntaban si yo me afiliaba con ellos, les decía que eso a mí no me aplicaba (porque obviamente mi régimen de ingresos no entraba en aquellos años al régimen de pensión mediante una Afore) ni me interesaba.

Andaba animando a otros (los empleados de la empresa) y a mí mismo no me animaba. Yo tenía muy claro que en algún momento ganaría mucho dinero suficiente para tener mi empresa y que nunca necesitaría del IMSS, el INFONAVIT y las Afores.

Llegó el 30 de junio de 1997 y yo feliz porque era “inteligente” al ganar más dinero en ese momento. ¿Ahorro? Para qué si yo tenía un sueldo adecuado, con la perspectiva de incrementarse fuertemente de un momento a otro.

Pasaron los años y el ingreso sí se incrementaba pero no como para comprar una casa, un auto o algún bien duradero. Yo esperaba el momento de cobrar esa fuerte cantidad de dinero para ir a comprar el auto o la casa de contado, firmando un cheque y ya, confiando en el flujo de ingresos que tuviera y jamás pensando en ahorrar más que para lo básico. Trabajé y trabajé, esperé y esperé y nunca llegó el ingreso suficiente como para comprar de contado nada. Lo único valioso que compré fue una maestría en una escuela que prometía mucho pero al final ni registro en la SEP tenía por lo que nunca pude obtener el grado ni la cédula profesional.

Pasaron los años y me casé, más por la emoción de haber encontrado a la mujer ideal para mi (y porque ya me decían que “chivo saltado, chivo quedado”), que porque estuviera preparado económicamente para esa siguiente etapa. Mi orgullo fue que yo pagué la mayor parte de los gastos de mi boda y que mis padres no gastaron tanto (aunque me quedé también con unas deudas que ya traía arrastrando y que se incrementaron por la decisión “tan importante” en mi vida).

Con un salario bueno, aunque no excelente, inicié mi vida matrimonial, sorteando los gastos y deudas iniciales sin mayor problema. Luego vendría mi primera hija. Para ese momento, fue la primera vez en mi vida que volteé a ver al IMSS como una posibilidad. Sabía de la mala fama en la atención médica, pero el gasto en hospitales privados respetables era considerable y por primera vez en la vida pude entender el para qué servía estar afiliado y los beneficios que se tenían. Pero en lugar de afiliarme yo, decidí afiliar a mi esposa, más por el incentivo de que ella cobrara el dinero de la incapacidad que por otra cosa, al final, no se cumplieron las 30 semanas previas de cotización y no se pudo cobrar las incapacidades, pero los servicios médicos sí los recibimos pues la ginecóloga que atendía de manera particular a mi esposa, trabajaba en la clínica del IMSS en los partos y cesáreas.

De esta experiencia, me di cuenta que el servicio en el IMSS no era como lo había escuchado. La atención fue buena y cuando se presentó una complicación en el parto, de inmediato decidieron practicarle la cesárea a mi esposa y al final puedo decir que todo salió bien y no me costó prácticamente nada. Ese cambio de último momento, en un sanatorio particular hubiera desequilibrado mi presupuesto incrementándose al menos un 35%, además, el IMSS no nos cobró por las vacunas, revisiones y atenciones posteriores ¡hasta me regalaban latas de leche! Mi percepción acerca de las atenciones médicas del IMSS cambió por completo.

Luego combiné mi trabajo con la docencia universitaria por el gusto de la enseñanza que he tenido desde muy pequeño. En una universidad, al cumplir cinco años de docente, me pidieron mi número de seguridad social para pagarme bajo el régimen de salarios. Yo un poco extrañado por el ofrecimiento, me di cuenta de que había presentando cientos de afiliaciones al IMSS, pero nunca había tramitado la mía. Realicé el trámite más por atender a la universidad que por deseo propio de hacerlo. Por fin obtuve mi número de seguridad social y comencé a cotizar al IMSS a mis 34 años de edad. Reconozco que lo tomé como un buen detalle pero aún consideraba que no era tan necesario.

Estaba por llegar mi segunda hija y por diversas causas, mi esposa se fue a Yucatán con su familia y decidimos que allá fuese el parto. Como yo ya estaba cotizando al IMSS, lo utilizamos una vez más. Lo más relevante esta vez fue que le darían a mi esposa todas las atenciones médicas en una ciudad distinta de la ciudad en que residíamos, sin pagar un centavo por eso, solo tuve que tramitar la vigencia de derechos de ella para que la atendieran en el hospital cercano a la casa de mis suegros y así fue.

Por aquel entonces, ya había salido de la empresa en donde renuncié a obtener ingresos por salarios, me fui a otra donde solo duré 11 meses y luego me dijeron que el trabajo se acabó. Ya no era una joven promesa que podía darme el lujo de ganar poco para que con el tiempo ascendiera en alguna empresa hasta llegar a los niveles que pagaban lo que yo quería ganar. La competencia era dura y me di cuenta que conseguir un buen sueldo no era nada fácil, además los gastos en casa con dos hijas pequeñas no se podían omitir. En ese momento, sin empleo más que el de la universidad que no me alcanzaba ni para pagar medio mes de renta de la casa (porque nunca llegó el dinero para comprar mi casa de contado), mi única salida fue topar las tarjetas de crédito (que ya estaban a niveles altos), cancelar mi único ahorro (le había entrado a un plan de autofinanciamiento hipotecario) perdiendo una tercera parte de lo aportado, cancelar seguros, suscripciones, escuela privada de mi hija mayor y comenzar de nuevo. Hasta ese momento me di cuenta de que había cometido graves errores financieros desde que comencé a ganar dinero. Nunca pude ver que en el futuro habría emergencias, que formaría una familia para la que necesitaría de una casa, que tendría gastos de los cuales no podría eliminar o posponer como los gastos de un hijo recién nacido y lo peor, por primera vez en mi vida me vi “viejo” para el mercado laboral y el futuro lo vi cercano.

Ahora, a todos mis alumnos les dedico unos minutos para comentarles mi historia y decirles “si alguien me hubiese aconsejado a administrar mi dinero desde joven, mi historia hubiese sido otra, pero solo me queda contársela a ustedes para que no comentan los errores que yo cometí”.

Encarnación Martínez

Y usted ¿también escogió el mayor sueldo hoy a cambio de una menor pensión en el futuro?

Acerca de Isela Muñoz

Ex deudora y compradora compulsiva. Para ayudar a otras personas a salir de deudas escribí "De Deudor a Millonario" con planes útiles para dejar de deber todo y empezar a tener todo.
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